13 enero, 2017
Refugiados. ¿Podemos seguir mirando hacia otro lado?
Los ciudadanos, las organizaciones políticas, sociales y empresariales no estamos a la altura del reto que nuestro mundo está viviendo.

Es cierto que ha habido una reducción enorme de la pobreza en el mundo -en 21 años hemos pasado de 1.900 millones a 800 millones de pobres-, y también lo es que estamos viviendo  la época con una menor proporción de conflictos bélicos y muertes por violencia desde que tenemos constancia.

Pero sigue habiendo una cifra enorme de personas por debajo de los umbrales de pobreza: 800 millones de personas. El 50 por ciento de ellos viven en el África Subsahariana donde uno de cada seis habitantes pasa, literalmente, hambre. Si a eso añadimos la situación de inseguridad de la zona, en algunos países en guerra abierta, podemos comprender por qué tantas personas se juegan la vida cruzando el Sahara primero, y el Mediterráneo después. Y es que cada año se lanzan al mar cientos de miles de personas sin garantías de salir de él.

Si giramos el foco y miramos a Oriente, nos encontramos con una guerra atroz que ha movilizado a millones de refugiados. La mayoría de ellos viven en los países vecinos, en los que ya hay más refugiados que habitantes locales (Jordania, Líbano, Turquía…). Es lógico que intenten llegar a Europa en búsqueda de un futuro. Si llegan, al menos tendrán comida y seguridad, además de otras oportunidades impensables en los países de la zona, que están completamente saturados.

“La comunidad internacional debe hacer un esfuerzo mucho mayor para ayudar a desarrollar estos países, con programas más radicales y ambiciosos”

Esta grave situación debe ser  abordada a tres niveles. El primer nivel está en su origen, abordando las causas del problema. La comunidad internacional debe hacer un esfuerzo mucho mayor para ayudar a desarrollar estos países, con programas más radicales y ambiciosos. Es posible, tenemos los medios, pero falta la voluntad; este tema merece ser tratado a fondo otro día. En las zonas de guerra e inseguridad, lo que hay que hacer es forzar a nuestros gobernantes para que pongan todos los medios para garantizar la paz. Sin una gran presión de la opinión pública mundial es muy poco probable que los países poderosos se impliquen lo suficiente como para acabar con la locura de estas guerras sangrientas y largas.

El segundo nivel tiene que ver con la ruta que siguen los desplazados. Nadie se va de su casa y se juega la vida por capricho. Cuando se hace, nuestro deber es asegurar que nadie muera de sed, de hambre o de abusos en su camino por tierra, ni ahogado en el mar.

El tercer nivel se refiere a qué tipo de acogida les damos desde las naciones afortunadas, con riqueza y sin conflicto bélico.

En los últimos 15 años he viajado frecuentemente a Múnich. Tras el verano quise visitar, por primera vez, el campo de Dachau. El campo está a 15 minutos en taxi del centro de Múnich, sólo a 10 minutos del Allianz Arena. Pensé en como al inicio de la II Guerra Mundial muchos de ciudadanos también miraron hacia otro lado, no queriendo saber qué pasaba ahí, o ignorándolo.

Unos más que otros, pero toda la sociedad de esa época es responsable de lo que pasó. La mayoría toleró la persecución, no ofreció ayuda a los perseguidos: no les ayudó a escapar ni les dio cobijo.

“¿A qué esperan los políticos para liberar este espíritu solidario y convertir a nuestro país en un ejemplo para el mundo?”

La situación actual es muy similar. En España apenas hemos acogido un millar de refugiados cuando los desplazados son millones. Con la paradoja de que en las encuestas internacionales salimos como el tercer país del mundo más predispuesto a recibir un refugiado en nuestra casa. ¿A qué esperan los políticos para liberar este espíritu solidario y convertir a nuestro país en un ejemplo para el mundo?

En contraste, ¡Qué orgullosos están los canadienses de sus gobernantes! En este contexto, los ciudadanos y las organizaciones tendemos a esperar que el gobierno dé el primer paso. Pero llevan años sin darlo y apenas se aborda el tema en los debates políticos. Discuten hasta la saciedad de temas que son banalidades al lado de este drama masivo.

Afortunadamente, hay algún ejemplo cercano de personas que dan el primer paso, y el segundo, y el tercero…y en 15 meses han rescatado a más de 15.000 personas.

La iniciativa de Oscar Camps y todo su equipo de Proactiva Open Arms es un soplo de esperanza para los ciudadanos de la vieja Europa. Su lema “¡Nadie tiene porqué morir ahogado!” les ha llevado a Lesbos y al Mediterráneo central salvando personas y siendo testimonio de lo que sucede. Tienen toda mi admiración. Tras mi visita a Dachau, llevo unos meses dedicando parte de mi tiempo a ayudarles; me siento mejor conmigo mismo y les doy las gracias por lo que hacen. Los refugiados les deben su vida. Nosotros, que nos devuelvan la dignidad.

 

Enlace al artículo publicado en el Diari Ara (12/01/2017): http://www.ara.cat/opinio/Josep-Santacreu-refugiats-podem-seguir-mirant-altra-banda_0_1723027693.html

 

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